Interpreta y vencerás
Como diría nuestro querido capitán Haddock: Arrrr, MARINEROS DE AGUA DULCE!
Hoy desarrollo otro de los procesos que conforman la arqueología subacuática.
Si antes habíamos explicado la importancia de las excavaciones ésta no es menos importante. Se trata de la interpretación de los hallazgos que se han obtenido.
¿Qué es? ¿Para qué fue hecho? ¿Cómo se utilizaba? Son algunas de las cuestiones que pueden surgir al haber terminado las tareas de excavación. Y es que la posición de los objetos, su forma o de qué material
están fabricados son datos muy valiosos para conocer, no solo la propia pieza en sí sino que también, la historia que se oculta tras cualquier yacimiento sumergido. Los objetos serían algo así como un puzzle; aislados
no tienen valor pero juntos ofrecen una imagen en conjunto.
Por ello el arqueólogo no sólo toma nota de cómo aparece,
sino que intenta resucitar el pasado, interpretando
lo que encuentra.
A continuación os dejo algunos ejemplos de interpretación:
En el fondo marino el yacimiento subacuático más
frecuente es el pecio, es decir,
un barco hundido. En la mayoría
de los casos, y a diferencia
de los terrestres, un yacimiento
subacuático se forma
accidentalmente y está
rodeado de múltiples
incógnitas. Es un conjunto
cerrado en el que hay que tener
en cuenta las circunstancias
que rodean ese accidente y que
es necesario conocer: el lugar
de partida y de llegada
del buque, su ruta,
el cargamento…
Otra clase de restos arqueológicos
son las ciudades sumergidas,
como la ciudad de Heraclión,
en el Antiguo Egipto.
Allí se han encontrado muchísimos
objetos de uso diario que permiten
saber cómo era la vida cotidiana
de sus habitantes: braseros
para cocinar, lámparas de aceite,
espejos, amuletos etc. Así sabemos
que tanto hombres como mujeres
se daban aceites en el cuerpo,
se adornaban con joyas
y se maquillaban la cara.
La localización de abundantes
piezas de alfarería importadas
es una prueba de que la ciudad
comerciaba con muchos países
del Mediterráneo.
Y aunque en la antigüedad no tenían latas de conserva sí que poseían otro recipiente para el transporte y almacenamiento de productos: las ánforas. Sus restos en el fondo del Mediterráneo son el recuerdo de una enorme actividad comercial. Una vez cocidas se señalaban con marcas y sellos que servían para indicar el tipo de producto, la procedencia y el nombre del comerciante. Después de envasarlas, las ánforas se cerraban con tapones de corcho o madera. Deben su forma apuntada a la necesidad de facilitar su colocación en hileras y adaptarse a la forma del casco del barco.
Es por ello que se conoce que Hispania fue el granero de Roma, que tenía casi un millón de personas, exportando productos, especialmente acetites y vinos. Los pecios y sus respectivas ánforas (en concreto la Dressel) cerca de las costas del Lazio han permitido a los historiadores la reconstrucción de esta importante ruta comercial.
Esto ha sido todo por hoy, espero que haya sido de vuestro interés.
Un saludo y nos vemos en el próximo capítulo del Cuaderno!
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